En los últimos años se ha dado una difusión notable de una crítica
social que podríamos calificar de antiindustrial y antiprogresista. Sus
rasgos principales son: un rechazo rotundo de la idea de progreso; un
juicio crítico respecto a lo que ha supuesto la modernidad; un
cuestionamiento absoluto de las posibilidades liberadoras de la
tecnología; la constatación de que un desastre ecológico y humano está
en marcha; y una crítica de la idea de neutralidad de la técnica. Aunque
estos rasgos son demasiado genéricos, intentaré mostrar la forma en que
esta crítica radical ha ido extendiéndose últimamente por el Estado
español: primero con las aportaciones foráneas traducidas (por ser las
primeras expuestas con una cierta coherencia teórica); a continuación,
con sus variantes autóctonas; y al final repasaré las objeciones más
habituales que pueden hacerse a estas ideas, así como mis propias
críticas. No me molestaré en ocultar, para evitarme reproches a
posteriori, que me identifico con esta crítica antiindustrial.
Por diversos motivos, no hablaré del primitivismo. La
llamada “crítica anticivilización” o “antidominación” se obviará en este
artículo. Señalaré por último que sólo pienso hablar de las
formulaciones teóricas más elaboradas, pues en realidad la crítica del
desarrollo o incluso del progreso ya había aparecido esbozada, por
ejemplo, en el País Vasco durante las luchas contra la autovía de
Leizarán, hace más de quince años.
I
Theodore J. Kaczynski, más conocido como Unabomber, hizo
pública su crítica de la sociedad industrial en circunstancias muy
especiales [1].
Poco antes de su detención el 13 de abril de 1995, logró que dos de los
diarios más importantes de Estados Unidos publicaran su manifiesto,
cuyo verdadero nombre es La sociedad industrial y su futuro, con la
firma de Freedom Club. El impacto mediático de la captura de Kaczynski
ayudó enormemente a difundir sus tesis acerca del porvenir de la
sociedad tecnoindustrial pero al mismo tiempo las ensució como si se
tratara de los delirios de un psycho-killer. En esencia, Kaczynski dice
que la sociedad industrial, obesa, ciega y lastrada por sus inercias, se
encamina al desastre, y que los radicales tendrían que aprovechar la
oportunidad que abrirá el colapso del sistema para reconstruir una
sociedad más humana, basada en comunidades reducidas y en un nivel de
desarrollo técnico accesible, no jerarquizado ni basado en una excesiva
división del trabajo. Descarta asimismo toda posibilidad de reforma del
sistema y critica la idea de que pueda haber tecnologías emancipadoras.
Acompaña estas reflexiones con un ataque implacable contra el
izquierdismo y el progresismo, y con algunas observaciones sobre la
técnica en general. Para Kaczynski, la única lucha prioritaria debe ser
la lucha contra el sistema industrial. Todas las demás son
insignificantes al lado de ésta.
El Manifiesto de Unabomber (o de FC), como se le ha
llamado habitualmente, ha circulado mucho desde entonces. Su mérito
principal ha sido presentar las cosas con una especie de inocencia
realmente inaudita en la crítica social, por lo general muy dada al
conformismo militante o al compadreo. Su mayor defecto radica en la
esperanza que Kaczynski parece depositar en las posibilidades salvadoras
del desplome de la sociedad industrial. Pese a ello, está claro que su
manifiesto cayó como una bomba (perdón por el chiste fácil) en el mundo
de la crítica ecologista radical, necesitada de romper con todo devaneo
reformista y de una visión con cierta coherencia teórica del actual
estado de la sociedad tecnológica.
En otros textos posteriores, que se han publicado con cuentagotas,
Kaczynski ha seguido insistiendo en las ideas fundamentales de La
sociedad industrial y su futuro. Quizá la mayor novedad es que en alguna
ocasión ha llegado a mostrarse partidario de abolir no sólo el sistema
tecnoindustrial sino la civilización en su conjunto, lo que ha
facilitado la asunción de su discurso por parte de algunos
primitivistas.
De una forma mucho más lenta y silenciosa ha ido
abriéndose paso la crítica de la parisina Encyclopédie des Nuisances
(EdN), la Enciclopedia de los efectos nocivos (o de las nocividades). La
EdN empezó su andadura como colectivo editor de una revista homónima en
1984. Hasta 1992, año de la aparición del último fascículo, publicó
quince números, trece de ellos antes de 1989. En 1993 se funda la
editorial Encyclopédie des Nuisances, que ha publicado una veintena de
libros (por ejemplo, una traducción francesa de La sociedad industrial y
su futuro de Kaczynski) que profundizan en la vertiente de la crítica
antiprogresista que se había esbozado en la revista. En el Estado
español la EdN no empezó a ser conocida hasta 1997, cuando se editaron
sus primeros libros, a los que no tardaron en sumarse otros [2].
Su influencia ha sido creciente en los últimos años, de forma directa
(a través de sus propias obras) o indirecta (gracias a la aportación de
los grupos autóctonos, de los que hablaremos después).
Para entender bien las ideas de la EdN, hay que explicar
que el término nuisances -“efectos nocivos” o “nocividad”- no designa
sólo las consecuencias de la vida moderna (contaminación, ruido, etc.)
sino el conjunto de perjuicios que un sistema social concreto, el
capitalismo industrial, inflige a los seres humanos. Así, el trabajo
asalariado se cuenta entre los efectos nocivos de la época.
La crítica de la EdN apunta a la modernidad, y aquí la palabra “crítica”
no debe entenderse como sinónimo de ataque sino como intento de
desentrañar y desnudar una realidad. Al modo de Horkheimer y Adorno en
la Dialéctica de la Ilustración, los enciclopedistas ven un aspecto
emancipador en el proyecto transformador de la modernidad, enunciado e
impulsado en el Siglo de las Luces, pero destacan igualmente su lado
perverso: el afán racionalizador y cuantificador, la ideología del
progreso, el desprecio hacia la tradición, así como algunas ilusiones
heredadas de épocas anteriores. Constatan que es este lado de la
modernidad el que ha acabado por imponerse y que dirige, cada vez con
menos oposición, el destino de la humanidad. El problema es que el
sistema totalitario erigido a lo largo de los siglos XIX y XX, en parte
derivado del proyecto de la Ilustración y que puede considerarse ya
“encarrilado” a partir de la segunda Guerra Mundial, gobierna como un
déspota solitario y hace tabla rasa con todo lo anterior, incluyendo los
saberes y capacidades humanos que permitían concebir un mundo más justo
y menos aberrante. La tecnificación y mercantilización cada vez más
avanzadas de todas las esferas de la vida humana, tanto social como
personal, hacen creer que este proceso es irreversible. Del mismo modo,
la EdN denuncia todas las esperanzas de liberación tecnológica
(empezando por la informática) como un deus ex machina irreal, una
mistificación que contribuye a aceptar las imposiciones del sistema.
Critica igualmente la idea de que la industria sea algo neutral, una
simple herramienta que sólo tiene que cambiar de manos para dejar de ser
un instrumento de tortura y convertirse en algo liberador.
Según la EdN, los seres humanos de nuestra época son
mucho más reacios que nunca a la idea misma de emancipación. La pérdida
de saberes tradicionales, que se han visto sustituidos por sucedáneos en
forma de mercancías o servicios, hace que la tarea de transformar la
sociedad sea mucho más difícil. En efecto, ya no queda gran cosa que
merezca ser autogestionada: desde el lenguaje a la cocina popular se ven
afectados por la degradación industrial; pero el mayor logro de este
sistema es haberse hecho deseable para sus dominados. Ante esto, ni
siquiera el derrumbe que está produciéndose ya permite augurar
posibilidades de liberación. En un libro que la EdN publicó a fines de
2000, titulado significativamente Después del hundimiento, Jean-Marc
Mandosio escribía a propósito de la tesis de Jacques Ellul sobre el
desplome del sistema industrial:
hace ya mucho tiempo que nos encontramos en “un enorme desorden mundial”
en el que la contradicción y el desconcierto se han convertido en la
norma, sin que ello signifique el final del “sistema tecnicista” [3].
La multiplicación de las crisis locales y del caos a gran escala
refuerza, paradójicamente, la coherencia del sistema en su conjunto, que
se nutre de la confusión y de la contradicción, de las que puede sacar
nuevas fuerzas para extenderse y perfeccionarse y profundizar aún más la
alienación del individuo y la destrucción del medio ambiente. Los que
esperan que la sociedad industrial se hunda a su alrededor corren el
riesgo de tener que sufrir su propio hundimiento, porque este
hundimiento, que ya está casi consumado, no es el del “sistema
tecnicista”, sino de la conciencia humana y de las condiciones objetivas
que la hacen posible.
Tenemos aquí la clave del desastre que acontece por
doquier y del cual, según la EdN, no debemos esperar ninguna garantía de
que el cambio vaya a ser a mejor: el sistema industrial está
arrastrando consigo esa sensibilidad humana que podría juzgar malo lo
existente. La auténtica catástrofe es ésa. A diferencia de los
primitivistas, que parecen entusiasmarse con la posibilidad de un
cataclismo a escala mundial (y cuanto más devastador, mejor), los
enciclopedistas rechazan “la satisfacción indisimulada con la que
[algunos teóricos] hablan de crisis, de hundimiento, de agonía, como si
poseyeran algún seguro especial sobre la dirección de un proceso del que
todo el mundo espera que alcance por fin un resultado decisivo” (Jaime
Semprun, El fantasma de la teoría).