Le point de fuite du système, c'est le crédit, c'est lui qui ouvrait les perspectives, les rallonge, les étend.

Les années 80 sont le point de fuite final du système: le spectaculaire intégré. Ses images, son décor, sont celles où il s'auto-absolutise dans sa niche, TON CERVEAU.
Pas d'autre chemin possible pour le capital, sa survie augmentée de bulle en bulle: le chibre de la bêtise, la puissance rapace, piratage sans partage, aura ramonné la réalité jusqu'au tréfonds.
on a tout bouffé, on s'est bâfré, d'excuses, de riens, de déviations, tout pour rien.
Il n'y a plus de perspective pour le système: le point de fuite est épuisé. La représentation est abolie et le spectacle s'écroule, des lambeaux d'habitudes charrient les tenaces relations, appauvris,
désormais même les requins balancent.
LES GENDRES ROUGES

samedi 31 décembre 2011

LA CRÍTICA ANTIINDUSTRIAL Y SU FUTURO

En los últimos años se ha dado una difusión notable de una crítica social que podríamos calificar de antiindustrial y antiprogresista. Sus rasgos principales son: un rechazo rotundo de la idea de progreso; un juicio crítico respecto a lo que ha supuesto la modernidad; un cuestionamiento absoluto de las posibilidades liberadoras de la tecnología; la constatación de que un desastre ecológico y humano está en marcha; y una crítica de la idea de neutralidad de la técnica. Aunque estos rasgos son demasiado genéricos, intentaré mostrar la forma en que esta crítica radical ha ido extendiéndose últimamente por el Estado español: primero con las aportaciones foráneas traducidas (por ser las primeras expuestas con una cierta coherencia teórica); a continuación, con sus variantes autóctonas; y al final repasaré las objeciones más habituales que pueden hacerse a estas ideas, así como mis propias críticas. No me molestaré en ocultar, para evitarme reproches a posteriori, que me identifico con esta crítica antiindustrial.
Por diversos motivos, no hablaré del primitivismo. La llamada “crítica anticivilización” o “antidominación” se obviará en este artículo. Señalaré por último que sólo pienso hablar de las formulaciones teóricas más elaboradas, pues en realidad la crítica del desarrollo o incluso del progreso ya había aparecido esbozada, por ejemplo, en el País Vasco durante las luchas contra la autovía de Leizarán, hace más de quince años.

I

Theodore J. Kaczynski, más conocido como Unabomber, hizo pública su crítica de la sociedad industrial en circunstancias muy especiales [1]. Poco antes de su detención el 13 de abril de 1995, logró que dos de los diarios más importantes de Estados Unidos publicaran su manifiesto, cuyo verdadero nombre es La sociedad industrial y su futuro, con la firma de Freedom Club. El impacto mediático de la captura de Kaczynski ayudó enormemente a difundir sus tesis acerca del porvenir de la sociedad tecnoindustrial pero al mismo tiempo las ensució como si se tratara de los delirios de un psycho-killer. En esencia, Kaczynski dice que la sociedad industrial, obesa, ciega y lastrada por sus inercias, se encamina al desastre, y que los radicales tendrían que aprovechar la oportunidad que abrirá el colapso del sistema para reconstruir una sociedad más humana, basada en comunidades reducidas y en un nivel de desarrollo técnico accesible, no jerarquizado ni basado en una excesiva división del trabajo. Descarta asimismo toda posibilidad de reforma del sistema y critica la idea de que pueda haber tecnologías emancipadoras. Acompaña estas reflexiones con un ataque implacable contra el izquierdismo y el progresismo, y con algunas observaciones sobre la técnica en general. Para Kaczynski, la única lucha prioritaria debe ser la lucha contra el sistema industrial. Todas las demás son insignificantes al lado de ésta.
El Manifiesto de Unabomber (o de FC), como se le ha llamado habitualmente, ha circulado mucho desde entonces. Su mérito principal ha sido presentar las cosas con una especie de inocencia realmente inaudita en la crítica social, por lo general muy dada al conformismo militante o al compadreo. Su mayor defecto radica en la esperanza que Kaczynski parece depositar en las posibilidades salvadoras del desplome de la sociedad industrial. Pese a ello, está claro que su manifiesto cayó como una bomba (perdón por el chiste fácil) en el mundo de la crítica ecologista radical, necesitada de romper con todo devaneo reformista y de una visión con cierta coherencia teórica del actual estado de la sociedad tecnológica. En otros textos posteriores, que se han publicado con cuentagotas, Kaczynski ha seguido insistiendo en las ideas fundamentales de La sociedad industrial y su futuro. Quizá la mayor novedad es que en alguna ocasión ha llegado a mostrarse partidario de abolir no sólo el sistema tecnoindustrial sino la civilización en su conjunto, lo que ha facilitado la asunción de su discurso por parte de algunos primitivistas.
De una forma mucho más lenta y silenciosa ha ido abriéndose paso la crítica de la parisina Encyclopédie des Nuisances (EdN), la Enciclopedia de los efectos nocivos (o de las nocividades). La EdN empezó su andadura como colectivo editor de una revista homónima en 1984. Hasta 1992, año de la aparición del último fascículo, publicó quince números, trece de ellos antes de 1989. En 1993 se funda la editorial Encyclopédie des Nuisances, que ha publicado una veintena de libros (por ejemplo, una traducción francesa de La sociedad industrial y su futuro de Kaczynski) que profundizan en la vertiente de la crítica antiprogresista que se había esbozado en la revista. En el Estado español la EdN no empezó a ser conocida hasta 1997, cuando se editaron sus primeros libros, a los que no tardaron en sumarse otros [2]. Su influencia ha sido creciente en los últimos años, de forma directa (a través de sus propias obras) o indirecta (gracias a la aportación de los grupos autóctonos, de los que hablaremos después).
Para entender bien las ideas de la EdN, hay que explicar que el término nuisances -“efectos nocivos” o “nocividad”- no designa sólo las consecuencias de la vida moderna (contaminación, ruido, etc.) sino el conjunto de perjuicios que un sistema social concreto, el capitalismo industrial, inflige a los seres humanos. Así, el trabajo asalariado se cuenta entre los efectos nocivos de la época. La crítica de la EdN apunta a la modernidad, y aquí la palabra “crítica” no debe entenderse como sinónimo de ataque sino como intento de desentrañar y desnudar una realidad. Al modo de Horkheimer y Adorno en la Dialéctica de la Ilustración, los enciclopedistas ven un aspecto emancipador en el proyecto transformador de la modernidad, enunciado e impulsado en el Siglo de las Luces, pero destacan igualmente su lado perverso: el afán racionalizador y cuantificador, la ideología del progreso, el desprecio hacia la tradición, así como algunas ilusiones heredadas de épocas anteriores. Constatan que es este lado de la modernidad el que ha acabado por imponerse y que dirige, cada vez con menos oposición, el destino de la humanidad. El problema es que el sistema totalitario erigido a lo largo de los siglos XIX y XX, en parte derivado del proyecto de la Ilustración y que puede considerarse ya “encarrilado” a partir de la segunda Guerra Mundial, gobierna como un déspota solitario y hace tabla rasa con todo lo anterior, incluyendo los saberes y capacidades humanos que permitían concebir un mundo más justo y menos aberrante. La tecnificación y mercantilización cada vez más avanzadas de todas las esferas de la vida humana, tanto social como personal, hacen creer que este proceso es irreversible. Del mismo modo, la EdN denuncia todas las esperanzas de liberación tecnológica (empezando por la informática) como un deus ex machina irreal, una mistificación que contribuye a aceptar las imposiciones del sistema. Critica igualmente la idea de que la industria sea algo neutral, una simple herramienta que sólo tiene que cambiar de manos para dejar de ser un instrumento de tortura y convertirse en algo liberador.
Según la EdN, los seres humanos de nuestra época son mucho más reacios que nunca a la idea misma de emancipación. La pérdida de saberes tradicionales, que se han visto sustituidos por sucedáneos en forma de mercancías o servicios, hace que la tarea de transformar la sociedad sea mucho más difícil. En efecto, ya no queda gran cosa que merezca ser autogestionada: desde el lenguaje a la cocina popular se ven afectados por la degradación industrial; pero el mayor logro de este sistema es haberse hecho deseable para sus dominados. Ante esto, ni siquiera el derrumbe que está produciéndose ya permite augurar posibilidades de liberación. En un libro que la EdN publicó a fines de 2000, titulado significativamente Después del hundimiento, Jean-Marc Mandosio escribía a propósito de la tesis de Jacques Ellul sobre el desplome del sistema industrial: hace ya mucho tiempo que nos encontramos en “un enorme desorden mundial” en el que la contradicción y el desconcierto se han convertido en la norma, sin que ello signifique el final del “sistema tecnicista” [3]. La multiplicación de las crisis locales y del caos a gran escala refuerza, paradójicamente, la coherencia del sistema en su conjunto, que se nutre de la confusión y de la contradicción, de las que puede sacar nuevas fuerzas para extenderse y perfeccionarse y profundizar aún más la alienación del individuo y la destrucción del medio ambiente. Los que esperan que la sociedad industrial se hunda a su alrededor corren el riesgo de tener que sufrir su propio hundimiento, porque este hundimiento, que ya está casi consumado, no es el del “sistema tecnicista”, sino de la conciencia humana y de las condiciones objetivas que la hacen posible.
Tenemos aquí la clave del desastre que acontece por doquier y del cual, según la EdN, no debemos esperar ninguna garantía de que el cambio vaya a ser a mejor: el sistema industrial está arrastrando consigo esa sensibilidad humana que podría juzgar malo lo existente. La auténtica catástrofe es ésa. A diferencia de los primitivistas, que parecen entusiasmarse con la posibilidad de un cataclismo a escala mundial (y cuanto más devastador, mejor), los enciclopedistas rechazan “la satisfacción indisimulada con la que [algunos teóricos] hablan de crisis, de hundimiento, de agonía, como si poseyeran algún seguro especial sobre la dirección de un proceso del que todo el mundo espera que alcance por fin un resultado decisivo” (Jaime Semprun, El fantasma de la teoría).