Le point de fuite du système, c'est le crédit, c'est lui qui ouvrait les perspectives, les rallonge, les étend.

Les années 80 sont le point de fuite final du système: le spectaculaire intégré. Ses images, son décor, sont celles où il s'auto-absolutise dans sa niche, TON CERVEAU.
Pas d'autre chemin possible pour le capital, sa survie augmentée de bulle en bulle: le chibre de la bêtise, la puissance rapace, piratage sans partage, aura ramonné la réalité jusqu'au tréfonds.
on a tout bouffé, on s'est bâfré, d'excuses, de riens, de déviations, tout pour rien.
Il n'y a plus de perspective pour le système: le point de fuite est épuisé. La représentation est abolie et le spectacle s'écroule, des lambeaux d'habitudes charrient les tenaces relations, appauvris,
désormais même les requins balancent.
LES GENDRES ROUGES

samedi 31 décembre 2011

LA CRÍTICA ANTIINDUSTRIAL Y SU FUTURO

En los últimos años se ha dado una difusión notable de una crítica social que podríamos calificar de antiindustrial y antiprogresista. Sus rasgos principales son: un rechazo rotundo de la idea de progreso; un juicio crítico respecto a lo que ha supuesto la modernidad; un cuestionamiento absoluto de las posibilidades liberadoras de la tecnología; la constatación de que un desastre ecológico y humano está en marcha; y una crítica de la idea de neutralidad de la técnica. Aunque estos rasgos son demasiado genéricos, intentaré mostrar la forma en que esta crítica radical ha ido extendiéndose últimamente por el Estado español: primero con las aportaciones foráneas traducidas (por ser las primeras expuestas con una cierta coherencia teórica); a continuación, con sus variantes autóctonas; y al final repasaré las objeciones más habituales que pueden hacerse a estas ideas, así como mis propias críticas. No me molestaré en ocultar, para evitarme reproches a posteriori, que me identifico con esta crítica antiindustrial.
Por diversos motivos, no hablaré del primitivismo. La llamada “crítica anticivilización” o “antidominación” se obviará en este artículo. Señalaré por último que sólo pienso hablar de las formulaciones teóricas más elaboradas, pues en realidad la crítica del desarrollo o incluso del progreso ya había aparecido esbozada, por ejemplo, en el País Vasco durante las luchas contra la autovía de Leizarán, hace más de quince años.

I

Theodore J. Kaczynski, más conocido como Unabomber, hizo pública su crítica de la sociedad industrial en circunstancias muy especiales [1]. Poco antes de su detención el 13 de abril de 1995, logró que dos de los diarios más importantes de Estados Unidos publicaran su manifiesto, cuyo verdadero nombre es La sociedad industrial y su futuro, con la firma de Freedom Club. El impacto mediático de la captura de Kaczynski ayudó enormemente a difundir sus tesis acerca del porvenir de la sociedad tecnoindustrial pero al mismo tiempo las ensució como si se tratara de los delirios de un psycho-killer. En esencia, Kaczynski dice que la sociedad industrial, obesa, ciega y lastrada por sus inercias, se encamina al desastre, y que los radicales tendrían que aprovechar la oportunidad que abrirá el colapso del sistema para reconstruir una sociedad más humana, basada en comunidades reducidas y en un nivel de desarrollo técnico accesible, no jerarquizado ni basado en una excesiva división del trabajo. Descarta asimismo toda posibilidad de reforma del sistema y critica la idea de que pueda haber tecnologías emancipadoras. Acompaña estas reflexiones con un ataque implacable contra el izquierdismo y el progresismo, y con algunas observaciones sobre la técnica en general. Para Kaczynski, la única lucha prioritaria debe ser la lucha contra el sistema industrial. Todas las demás son insignificantes al lado de ésta.
El Manifiesto de Unabomber (o de FC), como se le ha llamado habitualmente, ha circulado mucho desde entonces. Su mérito principal ha sido presentar las cosas con una especie de inocencia realmente inaudita en la crítica social, por lo general muy dada al conformismo militante o al compadreo. Su mayor defecto radica en la esperanza que Kaczynski parece depositar en las posibilidades salvadoras del desplome de la sociedad industrial. Pese a ello, está claro que su manifiesto cayó como una bomba (perdón por el chiste fácil) en el mundo de la crítica ecologista radical, necesitada de romper con todo devaneo reformista y de una visión con cierta coherencia teórica del actual estado de la sociedad tecnológica. En otros textos posteriores, que se han publicado con cuentagotas, Kaczynski ha seguido insistiendo en las ideas fundamentales de La sociedad industrial y su futuro. Quizá la mayor novedad es que en alguna ocasión ha llegado a mostrarse partidario de abolir no sólo el sistema tecnoindustrial sino la civilización en su conjunto, lo que ha facilitado la asunción de su discurso por parte de algunos primitivistas.
De una forma mucho más lenta y silenciosa ha ido abriéndose paso la crítica de la parisina Encyclopédie des Nuisances (EdN), la Enciclopedia de los efectos nocivos (o de las nocividades). La EdN empezó su andadura como colectivo editor de una revista homónima en 1984. Hasta 1992, año de la aparición del último fascículo, publicó quince números, trece de ellos antes de 1989. En 1993 se funda la editorial Encyclopédie des Nuisances, que ha publicado una veintena de libros (por ejemplo, una traducción francesa de La sociedad industrial y su futuro de Kaczynski) que profundizan en la vertiente de la crítica antiprogresista que se había esbozado en la revista. En el Estado español la EdN no empezó a ser conocida hasta 1997, cuando se editaron sus primeros libros, a los que no tardaron en sumarse otros [2]. Su influencia ha sido creciente en los últimos años, de forma directa (a través de sus propias obras) o indirecta (gracias a la aportación de los grupos autóctonos, de los que hablaremos después).
Para entender bien las ideas de la EdN, hay que explicar que el término nuisances -“efectos nocivos” o “nocividad”- no designa sólo las consecuencias de la vida moderna (contaminación, ruido, etc.) sino el conjunto de perjuicios que un sistema social concreto, el capitalismo industrial, inflige a los seres humanos. Así, el trabajo asalariado se cuenta entre los efectos nocivos de la época. La crítica de la EdN apunta a la modernidad, y aquí la palabra “crítica” no debe entenderse como sinónimo de ataque sino como intento de desentrañar y desnudar una realidad. Al modo de Horkheimer y Adorno en la Dialéctica de la Ilustración, los enciclopedistas ven un aspecto emancipador en el proyecto transformador de la modernidad, enunciado e impulsado en el Siglo de las Luces, pero destacan igualmente su lado perverso: el afán racionalizador y cuantificador, la ideología del progreso, el desprecio hacia la tradición, así como algunas ilusiones heredadas de épocas anteriores. Constatan que es este lado de la modernidad el que ha acabado por imponerse y que dirige, cada vez con menos oposición, el destino de la humanidad. El problema es que el sistema totalitario erigido a lo largo de los siglos XIX y XX, en parte derivado del proyecto de la Ilustración y que puede considerarse ya “encarrilado” a partir de la segunda Guerra Mundial, gobierna como un déspota solitario y hace tabla rasa con todo lo anterior, incluyendo los saberes y capacidades humanos que permitían concebir un mundo más justo y menos aberrante. La tecnificación y mercantilización cada vez más avanzadas de todas las esferas de la vida humana, tanto social como personal, hacen creer que este proceso es irreversible. Del mismo modo, la EdN denuncia todas las esperanzas de liberación tecnológica (empezando por la informática) como un deus ex machina irreal, una mistificación que contribuye a aceptar las imposiciones del sistema. Critica igualmente la idea de que la industria sea algo neutral, una simple herramienta que sólo tiene que cambiar de manos para dejar de ser un instrumento de tortura y convertirse en algo liberador.
Según la EdN, los seres humanos de nuestra época son mucho más reacios que nunca a la idea misma de emancipación. La pérdida de saberes tradicionales, que se han visto sustituidos por sucedáneos en forma de mercancías o servicios, hace que la tarea de transformar la sociedad sea mucho más difícil. En efecto, ya no queda gran cosa que merezca ser autogestionada: desde el lenguaje a la cocina popular se ven afectados por la degradación industrial; pero el mayor logro de este sistema es haberse hecho deseable para sus dominados. Ante esto, ni siquiera el derrumbe que está produciéndose ya permite augurar posibilidades de liberación. En un libro que la EdN publicó a fines de 2000, titulado significativamente Después del hundimiento, Jean-Marc Mandosio escribía a propósito de la tesis de Jacques Ellul sobre el desplome del sistema industrial: hace ya mucho tiempo que nos encontramos en “un enorme desorden mundial” en el que la contradicción y el desconcierto se han convertido en la norma, sin que ello signifique el final del “sistema tecnicista” [3]. La multiplicación de las crisis locales y del caos a gran escala refuerza, paradójicamente, la coherencia del sistema en su conjunto, que se nutre de la confusión y de la contradicción, de las que puede sacar nuevas fuerzas para extenderse y perfeccionarse y profundizar aún más la alienación del individuo y la destrucción del medio ambiente. Los que esperan que la sociedad industrial se hunda a su alrededor corren el riesgo de tener que sufrir su propio hundimiento, porque este hundimiento, que ya está casi consumado, no es el del “sistema tecnicista”, sino de la conciencia humana y de las condiciones objetivas que la hacen posible.
Tenemos aquí la clave del desastre que acontece por doquier y del cual, según la EdN, no debemos esperar ninguna garantía de que el cambio vaya a ser a mejor: el sistema industrial está arrastrando consigo esa sensibilidad humana que podría juzgar malo lo existente. La auténtica catástrofe es ésa. A diferencia de los primitivistas, que parecen entusiasmarse con la posibilidad de un cataclismo a escala mundial (y cuanto más devastador, mejor), los enciclopedistas rechazan “la satisfacción indisimulada con la que [algunos teóricos] hablan de crisis, de hundimiento, de agonía, como si poseyeran algún seguro especial sobre la dirección de un proceso del que todo el mundo espera que alcance por fin un resultado decisivo” (Jaime Semprun, El fantasma de la teoría).

vendredi 28 octobre 2011

SUR LE SPECTACLE: MICHEL CLOUSCARD À APOSTROPHES



Le capitalisme, comme le décrit Michel Clouscard, promeut une psychologie pulsionnelle. Il s’acharne à détruire en chacun tout "filtre" qui pourrait faire obstacle à l’accomplissement du compulsif. Il promeut comme nouvelle normalité morale la pulsion d’avoir immédiatement le fruit de son désir, et promet que le système marchand fournira les biens nécessaires pour assouvir cette pulsion.
Clouscard, après Debord dans les années 60, avec le concept de Spectacle, et avant, entre autres Bernard Stiegler ou Dany-Robert Dufour dans les années 2000,  avec l'idée de prolétarisation des consciences par la consommation de masse, est bien seul pendant les années 80 à réaliser une critique et un inventaire des ruses de l'exploitation pour assoir sa domination. Pour tout dire on se foutait de sa gueule, en plus il avait un accent. 
Toujours cette médisance petite-bourgeoise de "la classe qui a la classe".

jeudi 27 octobre 2011

CAPITALISME 80'S: LA FUITE EN AVANT NÉOLIBÉRALE




Au cours des années 80 commençait à se dessiner peu à peu un monde nouveau, traçant un horizon vers une société à venir, dont les enjeux principaux devenaient la responsabilité individuelle, l’entrepreneuriat, la mondialisation, la concurrence.



Cette transformation économique et sociale s’est tout d’abord présentée à nous comme une réalisation miraculeuse de nos aspirations personnelles, avant de devenir la contrainte indépassable que nous connaissons aujourd’hui. Et lorsqu’elle a du alors se légitimer, elle chercha à se justifier comme étant un concours complexe de circonstances, comme étant le dur retour à la réalité après la sortie des idéologies, l’entrée dans la modernité, un progrès dont nous ne serions plus capable de nous passer, ou encore comme la nécessité de s’adapter à un monde qui a tourné à la catastrophe chaque fois que nous avons tenté de le changer.


Dans un cas comme dans l’autre, nous étions faits. C’était des événements qui nous dépassent, nous englobent, nous emportent. Et si vraiment l’être humain devait avoir quelque chose à voir avec cela, ce n’était pas parce que quelques uns ont voulu ces changement et ont réussi à les produire, mais parce que c’était finalement l’aboutissement naturel de la société humaine, et sans doute le moins pire. Nous étions donc tous pris à parti, tous acteurs, et tous responsables.

Serge Halimi, directeur du Monde Diplomatique, et François Denord, sociologue et chercheur au CNRS, font l’analyse de cette période réactionnaire qui dure encore jusqu’à aujourd’hui. Ils ont travaillé à décrire le néolibéralisme et à l’inscrire dans l’histoire humaine, qu’il a pourtant prétendu transcender.
Grâce à leurs recherches on constate alors que, comme tout mouvement de pensée et d’action, le néolibéralisme a eu ses crises, ses théoriciens, ses agents, ses dates, ses luttes, ses défaites, ses victoires.
Et qu’il a marqué une rupture décisive avec le libéralisme en reconsidérant complètement le rôle de l’Etat. En le plaçant au centre de la conquête de la liberté économique capitaliste c’était faire d’une pierre deux coups, car les catastrophes à venir allaient renouveler les prétextes à poursuivre la même politique.

dimanche 18 septembre 2011

M.Antonioli, ‘Usages et conséquences politiques du discours sur la crise: un regard sur les années 1980"


"Années d’hiver" : un Guattari vous manque et tout est dépeuplé

Source : article XI

Ce matin, à l’heure où blanchissait la campagne, je parcourais un texte limpide de Félix Guattari datant de 1981 et intitulé Contre le racisme à la française. Une perle de concision, ni hermétique ni anachronique, un texte qui résonne encore d’une justesse sans appel. Et, pour être franc, le relisant admirativement, je ne savais pas si je devais en rire ou en pleurer. Mitigé, que j’étais. D’un côté, le plaisir précieux de parcourir un texte intelligent, humain et rentre-dedans. De l’autre, l’impression que l’intelligence ici mise en branle n’avait servi à rien. Que notre monde n’avait pas su éviter, malgré les cris d’alerte, ces écueils qui déjà surnageaient à l’orée des années 1980, qu’il les avait au contraire aggravés jusqu’à la nausée.
Tiens, ce passage ci-dessous, par exemple. Qui pour en contester la cruelle actualité, 28 ans plus tard ?
Où veut-on en venir ? Dans quelle société de merde est-on en train de nous précipiter ? Le sort actuel des jeunes maghrébins de la seconde génération est, à cet égard, exemplaire. Nés en France ou y vivant depuis leur enfance, ils sont aujourd’hui un million cinq cent mille à être pris pour cible non seulement par les flics en uniforme, mais aussi par les flics miniatures implantés dans la tête de tout un bon peuple en mal de sécurité. Inutile de leur mettre des étoiles jaunes, on les détecte au premier regard, au Feeling. Objets de haine et de fascination, l’inconscient collectif les a relégués dans ses zones d’ombre les plus inquiétantes. Ils incarnent tous les maléfices de notre société, toutes les incertitudes de la situation présente. […]

Il n’est évidemment pas question [pour l’inconscient collectif] de réaliser que leur "disponibilité" apparente et, pour quelques-uns, leur délinquance résultent principalement de leur exclusion sociale, du chômage et de la nécessité, fréquente pour nombre d’entre eux, d’échapper au quadrillage territorial. Il est toujours plus facile de criminaliser les victimes et de fantasmer sur leur dos que de faire face aux réalités !
Dans quelle société de merde est-on en train de nous précipiter ? La question plus que jamais se pose. Et j’ai comme l’impression que ce bon Félix n’aurait pas vraiment frémi d’enthousiasme en observant ce que trament actuellement nos tristes bretteurs identitaires, qu’ils soient pseudo-journalistes, pseudo-intellectuels, politiques, voire même simples citoyens [1].
Son constat est tellement adapté à notre quotidien médiatico-politique qu’on en reste rêveur. Il est toujours plus facile de criminaliser les victimes et de fantasmer sur leur dos que de faire face aux réalités ! : un quart de siècle avant les hordes sarkozystes, le même ver était dans le même fruit. Et Guattari ne se contentait pas de le scruter avec dégout, il le mettait en pleine lumière, l’exposait aux regards.
Il faut croire que trop de regards se sont détournés.
Ce texte provient d’un recueil d’articles du philosophe et psychanalyste français que l’excellente maison d’édition Les Prairies Ordinaires vient de publier sous le titre Les Années d’hiver, 1980-1985. Je ne te cacherais pas mon enthousiasme : la grande majorité de l’ouvrage décape terriblement. Il a beau être constitué de textes consacrés à ces connasses d’années 1980, barbares et stupides, envahies par les huiles goudronneuses du reaganisme et du thatchérisme, cela n’empêche rien, on dirait qu’il a été spécialement écrit pour notre temps.
François Cusset évoque en introduction « la simple stupéfaction que suscitent ces quelques textes, de mise au point ou de circonstance : la stupéfaction de leur pleine actualité (…). » On agrée.
Tiens, regarde, j’ouvre l’ouvrage au hasard, autre article, et paf : « Le Pen n’est qu’une tête chercheuse, un ballon d’essai vers d’autres formules qui risquent d’être beaucoup plus épouvantables. » Mhhh. F4 ? Touché. Coulé.
Et plus loin : « Ensuite la crise. L’immense machination, là aussi, pour serrer toujours plus étroitement, à la limite de l’étranglement, les crans de l’assujettissement et de la ’disciplinarisation’. » Un simple copié-collé temporel et l’on n’y voit que du feu.
Une autre citation, plus substantielle, histoire d’enfoncer le clou ? Ok :
C’est la notion même de "tendance profonde" qu’il convient ici de réexaminer. Elle n’est nullement scientifique ; elle n’est fondée que sur une conception conservatrice de la société. En fait, cette opinion qu’on prétend extraire des sondages et des jeux télévisés électoraux n’est émise que par des individus isolés, "sérialisés", qui ont été confrontés, par surprise, à une "matière à option" préfabriquée. Le choix qui leur est proposé - tel celui des chiens de Pavlov - est toujours passif, non élaboré, non problématique et, par conséquent, toujours biaisé. "C’est lequel des deux que tu préfères ?" (…) "On te présente deux paquets de super-lessive, etc." Mais quand pourrons-nous enfin imposer un autre genre de choix ? [2]
Limpide et troublant. Ce qu’il diagnostique ici, derechef, c’est les prémices de l’enlisement démocratico-médiatique actuel, les premières banderilles. Celles qui depuis se sont multipliées. Les chiens de Pavlov sont devenus rats, on macère dans l’insignifiant glauque.
On pourrait voir dans ce recueil qui multiplie les pistes (et pas seulement négatives) la désillusion d’un intellectuel de gauche confronté à la déréliction des années Mitterrand, son dégoût face à la persistance d’un hiver tenace, interminable. On pourrait se contenter de rendre justice au caractère acéré et prophétique de ses chroniques [3]. Mais ce n’est pas là que je veux en venir, ou pas que.
En parcourant ce livre, autre chose me trottait dans la tête. À force de me répéter, au fil des pages, Tiens, voilà longtemps que je n’ai pas lu des analyses aussi pertinentes sur le temps présent, j’ai fini par réaliser qu’il était rudement inquiétant de devoir lire des chroniques datées de plus de 15 ans pour pister sa propre époque. Et que si ces chroniques me semblaient si pertinentes, c’est que personne ne semblait avoir pris la relève. Que personne ne les écrivait, aujourd’hui, avec une force comparable. Sale constat [4].
Bien sûr, j’ai conscience que depuis un bail on a souvent hurlé à la Trahison des clercs, Benda revival, parfois dans le vent. Il n’empêche. En des temps qui demanderaient une réponse tranchante et cinglante aux funestes inclinaisons du pouvoir en place, on n’observe en réaction qu’un silence lénifiant, gluant, comme une veillée funèbre où l’on aurait remplacé le Requiem de Mozart par le dernier tube de Britney Spears. Plus on s’enfonce dans le crétinisme global, moins les voix discordantes portent. Faute de relais, de postulants, d’imagination. Il n’y a pas que Guattari qui manque, il y a aussi Deleuze, Bourdieu, Sartre, Camus, Foucault, Hocquenghem etc. Des voix faillibles, certes, mais ambitieuses et toujours indisciplinées.
Parlant des années 1980, Guattari affirme en introduction des Années d’hiver que bientôt on jugera « ces dernières années comme ayant été les plus stupides et les plus barbares depuis bien longtemps ». Là-dessus, je me permets de le contredire (ô combien respectueusement) : on a fait bien pire depuis. On barbote même en pleine régression barbare. Qui le dira à haute et intelligible voix ?

Notes

[1] Vidéo dégottée via CSP.
[2] Tiré d’une chronique intitulée À propos de Dreux, 1983.
[3] En passant, sache je n’évoque pas celles - nombreuses - qui sont consacrées à des sujets artistiques ou purement philosophiques/psychanalytiques, je ne veux pas me disperser. Mais elles valent itou le détour, ton libraire devrait pouvoir contenter ta curiosité.
[4]
Cette impression de désert de la pensée contemporaine - personne à l’aune d’un Félix Guattari - , je l’avais également en parcourant un autre ouvrage consacré (en partie) à Guattari. Gilles Deleuze, Félix Guattari, biographie croisée (édité en poche à La découverte), est un livre mastoc. Un travail de recherche gargantuesque, un éventail d’analyse impressionnant, entre faits biographiques, investigations philosophiques de haute tenue - lesquelles me sont restées souvent hermétiques, je dois te l’avouer… - et capacité réjouissante à faire revivre les débats d’un autre temps, quand ceux qui se disaient intellectuels faisaient feu de tout bois.
À suivre l’itinéraire de Deleuze et Guattari, leurs engagements, leurs emportements publics, on reste un peu hébété, jaloux de ne pas/plus les compter parmi nous.
Prend Guattari, par exemple. Tu connais sûrement son investissement enthousiaste dans l’élaboration de nouvelles formes de traitements des troubles mentaux, son dévouement à ses patients et ce qu’il tenta de faire dans cette clinique de La Borde où il s’investit tant. Tu sais sans doute qu’il flirta parfois avec les thèses de l’anti-psychiatrie et a cherché à renouveler l’approche de la folie, notamment en créant le CERFI (Centre d’Etudes, de Recherches et de Formations Institutionnelles) et en lançant la revue Recherches (qui publia notamment le célèbre numéro interdit : 3 milliards de pervers. La grande encyclopédie des homosexualités). Tu connais aussi, à l’évidence, cette œuvre protéiforme et virevoltante qu’il élabora en compagnie de Deleuze (notamment : L’anti-oedipe & Mille Plateaux).
Par contre, tu es peut-être moins au fait du parcours engagé de Guattari, depuis ses premières armes contre la guerre d’Algérie avec La Voie Communiste à ses nombreuses interventions en faveur des autonomes italiens ou allemands réfugiés en France (« Il n’est bien entendu pas question d’accepter passivement que la France se plie à un quelconque chantage concernant les demandes d’extradition italienne. L’Europe des libertés, pourquoi pas ! L’Europe de la répression, merci, on a déjà donné ! », écrit-il en 1984), en passant par sa participation à la création de Radio Tomate, ancêtre de FPP, son soutien aux luttes palestiniennes dès 1976 ou son étrange ralliement à la candidature Coluche (1981).
Et pourtant, Guattari concilia ces deux éléments, œuvre psychiatrique/philosophique & engagement dans les problèmes de son temps, avec une constance admirable. L’un n’allait pas sans l’autre et vice-versa. Refaire son parcours en détail ici n’aurait pas de sens (rapide résumé sur Multitude, ici). Insister sur l’état d’esprit qui l’animait est par contre nécessaire : ouvert et vindicatif, ne gardant de 68 que le meilleur, Guattari s’est fourvoyé parfois, mais il a toujours cherché, inlassablement, à dépasser les pesanteurs. Gilles Deleuze, Félix Guattari, biographie croisée, te met le nez dans ça, dans une époque où l’intellectuel discordant pouvait faire entendre sa voix et ne s’en privait pas, décryptant le politique sans garde-barrières.
De là, il est aisé de rebondir sur Deleuze, l’homme à la plus belle voix du monde. Celui qui ouvrit le feu sur les Nouveaux Philosophes (BHL, Glucksmann…) et leur « travail de cochon », se fit molester par les flics lors de manifs contre l’extradition d’autonomes, se réjouit tout haut de 68 - même 20 ans après - , continua à sa manière à mêler immersion dans son temps et rejet absolu de ses valeurs lénifiantes.
Deleuze, Guattari
Ces deux-là réinventèrent la philosophie et la psychanalyse, renouvelant les outils et les approches dans un maelstrom jouissif.
Mais ils ne se contentèrent pas de ça. Ils ont surtout vécu leur époque dans le même état d’esprit, farouchement non conformistes, toujours à l’affut d’un dépassement, d’un nouvel agencement, d’un développement du rhizome collectif dans une direction moins fermée.
(La régie me signale que je viens de battre le concours de la note de bas de page la plus longue de l’histoire d’Article11. Mission accomplie. Je retourne à l’article en lui-même.)

mercredi 22 juin 2011

EDN 90: ADRESSE A TOUS CEUX QUI NE VEULENT PAS GERER LES NUISANCES MAIS LES SUPPRIMER

ENCYCLOPEDIE DES NUISANCES
ADRESSE
A TOUS CEUX QUI NE VEULENT PAS GERER LES NUISANCES
MAIS LES SUPPRIMER
74, rue de Menilmontant 75020 PARIS

"Quatorze grands groupes industriels viennent de créer Entreprises pour l'environnement, une association destinée à favoriser leurs actions communes dans le domaine de l'environnement, mais aussi à défendre leur point de vue. Le président de l'association est le P.D.G. de Rhône-Poulenc, Jean-René Fourtou. (...) Les sociétés fondatrices, dont la plupart opèrent dans des secteurs très polluants, dépensent déjà au total pour l'environnement plus de 10 milliards de Francs par an, a rappelé Jean-René Fourtou. Il a d'autre part souligné que l'Association comptait agir comme lobby auprès des autorités tant francaises qu'européennes, notamment pour l'élaboration des normes et de la législation sur l'environnement."
Libération, 18 mars 1992

"Bien que la prospérite économique soit en un sens incompatible avec la protection de la nature, notre première tâche doit consister à oeuvrer durement afin d'harmoniser l'une à l'autre"
 
Shigeru Ishimoto (premier ministre japonais), Le Monde Diplomatique, mars 1989

"...comme l'environnement ne donne pas lieu à des échanges marchands, aucun mécanisme ne s'oppose à sa destruction. Pour perpétuer le concept de rationalité économique, il faut donc chercher à donner un prix à l'environnement, c'est à dire traduire sa valeur en termes monétaires."
Herve Kempf, L'économie à l'épreuve de l'écologie, 1991

Une chose est au moins acquise a notre époque: elle ne pourrira pas en paix. Les résultats de son inconscience se sont accumulés jusqu'à mettre en péril cette sécurité matérielle dont la conquête était sa seule justification. Quant à ce qui concerne la vie proprement dite (moeurs, communication, sensibilité, création), elle n'avait visiblement apporté que décomposition et régression. Toute société est d'abord, en tant qu'organisation de la survie collective, une forme d'appropriation de la nature. A travers la crise actuelle de l'usage de la nature, à nouveau se pose, et cette fois universellement, la question sociale. Faute d'avoir été résolue avant que les moyens matériels, scientifiques et techniques, ne permettent d'altérer fondamentalement les conditions de la vie, elle réapparait avec la nécessité vitale de mettre en cause les hiérarchies irresponsables qui monopolisent ces moyens matériels.
Pour parer à cela, les maîtres de la société se sont decidés a décréter eux-mêmes l'état d'urgence écologique. Que cherche leur catastrophisme intéressé, en noircissant le tableau d'un désastre hypothétique, et tenant des discours d'autant plus alarmistes qu'il s'agit de problèmes sur lesquels les populations atomisées n'ont aucun moyen d'action direct, sinon à occulter le désastre réel, sur lequel il n'est nul besoin d'être physicien, climatologue ou démographe pour se prononcer? Car chacun peut constater l'appauvrissement constant du monde des hommes par l'économie moderne, qui se développe dans tous les domaines aux dépens de la vie: elle en détruit par ses dévastations les bases biologiques, soumet tout l'espace-temps social aux nécessités policières de son fonctionnement, et remplace chaque réalite autrefois couramment accessible par un ersatz dont la teneur en authenticité résiduelle est proportionnelle au prix (inutile de créer des magasins réservés a la nomenklatura, le marché s'en charge).
Au moment où les gestionnaires de la production découvrent dans la nocivité de ses résultats la fragilité de leur monde, ils en tirent ainsi argument pour se présenter, avec la caution de leurs experts, en sauveurs. L'état d'urgence écologique est à la fois une économie de guerre, qui mobilise la production au service d'intérêts communs définis par l'Etat, et une guerre de l'économie contre la menace de mouvements de protestation qui en viennent à la critiquer sans detour.
La propagande des décideurs de l'Etat et de l'industrie présente comme seule perspective de salut la poursuite du développement économique, corrigé par les mesures qu'impose la défense de la survie: gestion régulée des "ressources", investissements pour économiser la nature, la transformer intégralement en matière à gestion économique, depuis l'eau du sous-sol jusqu'à l'ozone de l'atmosphère.
La domination ne cesse évidemment pas de perfectionner à toutes fins utiles ses moyens répressifs: à "Cigaville", decor urbain construit en Dordogne apres 1968 pour l'entraînement des gendarmes mobiles, on simule désormais sur les routes avoisinantes "de fausses attaques de commandos anti-nucléaires"; à la centrale nucléaire de Belleville, c'est la simulation d'un accident grave qui doit former les responsables aux techniques de manipulation de l'information. Mais le personnel affecté au contrôle social s'emploie surtout a prevenir tout développement de la critique des nuisances en une critique de l'économie qui les engendre. On prêche la discipline aux armées de la consommation, comme si c'etait nos fastueuses extravagances qui avaient rompu l'équilibre écologique, et non l'absurdité de la production marchande imposée, on prône un nouveau civisme, selon lequel chacun serait responsable de la gestion des nuisances, dans une parfaite égalite démocratique: du pollueur de base, qui libère des CFC chaque matin en se rasant, à l'industriel de la chimie... Et l'idéologie survivaliste ("Tous unis pour sauver la Terre, ou la Loire, ou les bébés phoques") sert à inculquer le genre de "réalisme" et de "sens des responsabilités" qui amène à prendre en charge les effets de l'inconscience des experts, et ainsi à relayer la domination en lui fournissant sur le terrain oppositions dites constructives et aménagements de détail.
La censure de la critique sociale latente dans la lutte contre les nuisances a pour principal agent l'écologisme: l'illusion selon laquelle on pourrait efficacement réfuter les résultats du travail aliéné sans s'en prendre au travail lui-même et à toute la société fondée sur l'exploitation du travail. Quand tous les hommes d'Etat deviennent écologistes, les écologistes se déclarent sans hésitation étatistes. Ils n'ont pas vraiment changé, depuis leurs vélléites "alternatives" des années soixante-dix. Mais maintenant on leur offre partout des postes, des fonctions, des crédits, et ils ne voient aucune raison de les refuser, tant il est vrai qu'ils n'ont jamais réellement rompu avec la déraison dominante.
Les écologistes sont sur le terrain de la lutte contre les nuisances ce qu'étaient, sur celui des luttes ouvrieres, les syndicalistes: des intermédiaires intéressés à conserver les contradictions dont ils assurent la régulation, des négociateurs voués au marchandage (la révision des normes et des taux de nocivité remplacant les pourcentages des hausses de salaire), des défenseurs du quantitatif au moment où le calcul économique s'étend à de nouveaux domaines (l'air, l'eau, les embryons humains ou la sociabilité de synthèse); bref, les nouveaux courtiers d'un assujettissement a l'économie dont le prix doit maintenant intégrer le coût d'un "environnement de qualité".On voit dejà se mettre en place, cogérée par les experts "verts", une redistribution du territoire entre zones sacrifi"es et zones protégées, une division spatiale qui rêglera l'accès hiérarchisé à la marchandise-nature. Quant a la radioactivité, il y en aura pour tout le monde.
Dire de la pratique des écologistes qu'elle est réformiste serait encore lui faire trop d'honneur, car elle s'inscrit directement et déliberement dans la logique de la domination capitaliste, qui étend sans cesse, par ses destructions mêmes, le terrain de son exercice. Dans cette production cyclique des maux et de leurs remèdes aggravants, l'écologisme n'aura été que l'armée de réserve d'une époque de bureaucratisation, ou la "rationalitéé est toujours définie loin des individus concernés et de toute connaissance réaliste, avec les catastrophes renouvelées que cela implique.
Les exemples récents ne manquent pas qui montrent à quelle vitesse s'installe cette gestion des nuisances intégrant l'écologisme. Sans même parler des multinationales de la "protection de la nature" comme le World Wildlife Fund et Greenpeace, des "Amis de la Terre" largement financés par le secrétariat d'Etat à l'environnement, ou des Verts à la Waechter acoquinés avec la Lyonnaise des eaux pour l'exploitation du marché de l'assainissement, on voit toutes sortes de demi-opposants aux nuisances, qui s'en étaient tenus à une critique technique et refoulaient la critique sociale, cooptés par les instances étatiques de contrôle et de régulation, quand ce n'est pas par l'industrie de la dépollution. Ainsi un "laboratoire independant" comme la CRII-RAD, fond" apres Tchernobyl - indépendant de l'Etat mais pas des institutions locales et régionales -, s'était donné pour seul but de "défendre les consommateurs" en comptabilisant leurs becquerels. Une telle "défense" n"o-syndicale du métier de consommateur - le dernier des métiers - revient à ne pas attaquer la dépossession qui, privant les individus de tout pouvoir de décision sur la production de leurs conditions d'existence, garantit qu'ils devront continuer à supporter ce qui a été choisi par d'autres, et à dépendre de spécialistes incontrôlables pour en connaître, ou non, la nocivité. C'est donc sans surprise que l'on apprend maintenant la nomination de la présidente de la CRII-RAD, Michèle Rivasi, a l'Agence nationale pour la qualité de l'air, ou son indépendance pourra s'accomplir au service de celle de l'Etat. On a aussi vu les experts timidement anti-nucléaires du GSIEN, à force de croire scientifique de ne pas se prononcer radicalement contre le délire nucléariste, cautionner le redemarrage de la centrale de Fessenheim avant qu'un nouveau rejet "accidentel" de radioactivité ne vienne, peu après, apporter la contre-expertise de leur réalisme; ou encore les boys-scouts de "Robin des bois", bien decidés à grimper dans le "partenariat", s'associer à un industriel pour la production de "déchets propres", et d"fendre le projet "Géofix" de poubelle chimique dans les Alpes de Haute-Provence.
Le résultat de cette intense activité de toilettage est entièrement prévisible: une "dépollution" sur le modèle de ce que fut "l'extinction du paupérisme" par l'abondance marchande (camouflage de la misère visible, appauvrissement réel de la vie); les coûteux donc profitables palliatifs successivement appliqués à des dégâts antérieurs panachant les destructions - qui bien sûr continuent et continueront - de reconstructions fragmentaires et d'assainissements partiels. Certaines nuisances homologuées comme telles par les experts seront effectivement prises en charge, dans la mesure exacte où leur traitement constituera une activite économique rentable. D'autres, en général les plus graves, continueront leur existence clandestine, hors-norme, comme les faibles doses de radiations ou ces manipulations génétiques dont on sait qu'elles nous preparent les Sidas de demain. Enfin et surtout, le développement prolifique d'une nouvelle bureaucratie chargée du contrôle écologique ne fera, sous couvert de rationalisation, qu'approfondir cette irrationalité qui explique toutes les autres, de la corruption ordinaire aux catastrophes extraorinaires: la division de la société en dirigeants spécialistes de la survie et en "consommateurs" ignorants et impuissants de cette survie, dernier visage de la société de classes. Malheureux ceux qui ont besoin d'honnêtes spécialistes et de dirigeants éclairés!
Ce n'est donc pas une espèce de purisme extrémiste, et moins encore de "politique du pire", qui invite à se démarquer violemment de tous les amenageurs écologistes de l'économie: c'est simplement le réalisme sur le devenir nécessaire de tout cela. Le développement conséquent de la lutte contre les nuisances exige de clarifier, par autant de dénonciations exemplaires qu'il faudra, l'opposition entre les écolocrates - ceux qui tirent du pouvoir de la crise écologique - et ceux qui n'ont pas d'interêts distincts de l'ensemble des individus dépossédés, ni du mouvement qui peut les mettre en mesure de supprimer les nuisances par le "démantelement raisonné de toute production marchande". Si ceux qui veulent supprimer les nuisances sont forcément sur le meme terrain que ceux qui veulent les gérer, ils doivent y être presents en ennemis, sous peine d'en être reduits à faire de la figuration sous les projecteurs des metteurs en scène de l'aménagement du territoire. Ils ne peuvent réellement occuper ce terrain, c'est àdire trouver les moyens de le transformer, qu'en affirmant sans concession la critique sociale des nuisances et de leurs gestionnaires, installés ou postulants.
Le chemin qui mène de la mise en cause des hiérarchies irresponsables à l'instauration d'un contrôle social maîtrisant en pleine conscience les moyens matériels et techniques, ce chemin passe par une critique unitaire des nuisances, et donc par la redécouverte de tous les anciens points d'application de la révolte: le travail salarié, dont les produits socialement nocifs ont pour pendant l'effet destructeur sur les salariés eux-mêmes, tel qu'il ne peut être supporté qu'à grand renfort de tranquillisants et de drogues en tout genre; la colonisation de toute la communication par le spectacle, puisqu'à la falsification des réalites doit correspondre celle de leur expression sociale; le développement technologique, qui développe exclusivement, aux dépens de toute autonomie individuelle ou collective, l'assujetissement à un pouvoir toujours plus concentré; la production marchande comme production de nuisances, et enfin "l'Etat comme nuisance absolue, contrôlant cette production et en aménageant la perception, en programmant les seuils de tolérance".
Le destin de l'écologisme devrait l'avoir demontré aux plus naïfs: l'on ne peut mener une lutte réelle contre quoi que ce soit en acceptant les séparations de la société dominante. L'aggravation de la crise de la survie et les mouvements de refus qu'elle suscite pousse une fraction du personnel technico-scientifique à cesser de s'identifier à la fuite en avant insensée du renouvellement technologique. Parmi ceux qui vont ainsi se rapprocher d'un point de vue critique, beaucoup sans doute, suivant leur pente socio-professionnelle, chercheront à recycler dans une contestation "raisonnable" leur statut d'experts, et donc à faire prévaloir une dénonciation parcellaire de la déraison au pouvoir, s'attachant à ses aspects purement techniques, c'est à dire qui peuvent paraître tels. Contre une critique encore séparée et spécialisée des nuisances, défendre les simples exigences unitaires de la critique sociale n'est pas seulement réaffirmer, comme but total, qu'il ne s'agit pas de changer les experts au pouvoir mais d'abolir les conditions qui rendent nécessaires les experts et la spécialisation du pouvoir; c'est également un impératif tactique, pour une lutte qui ne peut parler le langage des spécialistes si elle veut trouver ses alliés en s'adressant a tous ceux qui n'ont aucun pouvoir en tant que spécialiste de quoi que ce soit.
De même qu'on opposait et qu'on oppose toujours aux revendications des salariés un interêt général de l'économie, de même les planificateurs de l'ordure et autres docteurs ès poubelles ne manquent pas de dénoncer l'egoïsme borné et irresponsable de ceux qui s'élevent contre une nuisance locale (déchets, autoroute, TGV, etc.) sans vouloir considérer qu'il faut bien la mettre quelque part. La seule réponse digne d'un tel chantage à l'intérêt général consiste évidemment à affirmer que quand on ne veut de nuisances nulle part il faut bien commencer à les refuser exemplairement là où on est. Et en conséquence à préparer l'unification des luttes contre les nuisances en sachant exprimer les raisons universelles de toute protestation particulière. Que des individus n'invoquant aucune qualification ni specialité, ne représentant qu'eux-mêmes, prennent la liberté de s'associer pour proclamer et mettre en pratique leur jugement du monde, voilà qui paraîtra peu réaliste à une époque paralysée par l'isolement et le sentiment de fatalité qu'il suscite. Pourtant, à côté de tant de pseudo-événements fabriqués a la chaîne, il est un fait qui s'entête à ridiculiser les calculs d'en haut comme le cynisme d'en bas: toutes les aspirations à une vie libre et tous les besoins humains, à commencer par les plus élementaires, convergent vers l'urgence historique de mettre un terme aux ravages de la démence économique. Dans cette immense réserve de révolte, seul peut puiser un total irrespect pour les risibles ou ignobles nécessités que se reconnaît la société présente.
Ceux qui, dans un conflit particulier, n'entendent de toute facon pas s'arrêter aux résultats partiels de leur protestation, doivent la considérer comme un moment de l'auto-organisation des individus dépossedés pour un mouvement anti-étatique et anti-économique général: c'est cette ambition qui leur servira de critère et d'axe de référence pour juger et condamner, adopter ou rejeter tel ou tel moyen de lutte contre les nuisances. Doit être soutenu tout ce qui favorise l'appropriation directe, par les individus associés, de leur activité, à commencer par leur activité critique contre tel ou tel aspect de la production de nuisances; doit être combattu tout ce qui contribue à les déposséder des premiers moments de leur lutte, et donc à les renforcer dans la passivité et l'isolement. Comment ce qui perpetue le vieux mensonge de la représentation séparée, des répresentants incontrôlés ou des porte-parole abusifs, pourrait-il servir la lutte des individus pour mettre sous leur contrôle leurs conditions d'existence, en un mot pour réaliser la démocratie? La dépossession est reconduite et enterinée, non seulement bien sûr par l'électoralisme, mais aussi par l'illusoire recherche de "l'efficacité médiatique, qui, transformant les individus en spectateurs d'une cause dont ils ne contrôlent plus ni la formulation ni l'extension, en fait la masse de manoeuvre de divers lobbies, plus ou moins concurrents pour manipuler l'image de la protestation.
Il faut donc traiter en récuperateurs tous ceux dont le prétendu réalisme sert à faire avorter, par l'organisation du vacarme médiatique, les tentatives d'exprimer directement, sans intermédiaires ni caution de spécialistes, le degoût et la colère que suscitent les calamités d'un mode de production (voir comment Vergès s'emploie, par sa seule presence d'avocat de toutes les causes douteuses, à discréditer la protestation des habitantes de Montchanin; ou encore, à une toute autre echelle, comment l'ignominie du moderne "racket de l'émotion" s'empare des "enfants de Tchernobyl" pour en faire matière à Téléthon). De même, alors que l'Etat ouvre aux contestations locales, pour qu'elles s'y perdent, le terrain des procédures juridiques et des mesures administratives, il faut dénoncer l'illusion d'une victoire assurée par les avocats et les experts: à cette fin il suffit de rappeler qu'un conflit de ce genre n'est pas tranché en fonction du droit mais d'un rapport de forces extra-juridique, comme le montrent à la fois la construction du pont de l'Île de Ré, malgré plusieurs jugements contraires, et l'abandon de la centrale nucléaire de Plogoff, qui n'a été le résultat d'aucune procédure legale.
Les moyens doivent varier avec les occasions, étant entendu que tous les moyens sont bons qui combattent l'apathie devant la fatalité économique et répandent le goût d'intervenir sur le sort qui nous est fait. Si les mouvements contre les nuisances sont en France encore très faibles, ils n'en sont pas moins le seul terrain pratique où l'existence sociale revient en discussion. Les décideurs de l'Etat sont quant à eux bien conscients du danger que cela représente, pour une société dont les raisons officielles ne souffrent d'être examinées. Parallèlement à la neutralisation par la confusion médiatique et à l'intégration des leaders écologistes, ils se préoccupent de ne pas laisser un conflit particulier se transformer en abcès de fixation, qui fournirait à la contestation un pôle d'unification en même temps qu'un lieu materiel de rassemblement et de communication critique. Ainsi le "gel" de toute décision concernant les sites de depôt de déchets radioactifs comme l'aménagement du bassin de la Loire a évidemment été décidé afin de fatiguer la base des oppositions et permettre la mise en place d'un réseau de représentants responsables disposés à servir d'"indicateurs locaux" (à donner la température locale), à mettre en scène la "concertation" et à faire passer les victoires truquées.
On nous dira - on nous dit dejà - qu'il est de toute facon impossible de supprimer complètement les nuisances, et que par exemple les déchets nucléaires sont là pour une espèce d'éternité. Cet argument évoque à peu près celui d'un tortionnaire qui, après avoir coupé une main à sa victime, lui annoncerait qu'au point où elle en est, elle peut bien se laisser couper l'autre, et d'autant plus volontiers qu'elle n'avait besoin de ses mains que pour applaudir, et qu'il existe maintenant des machines pour ça. Que penserait-on de celui qui accepterait de discuter la chose "scientifiquement"?
Il n'est que trop vrai que les illusions du progrès économique ont durablement fourvoyé l'histoire humaine, et que les conséquences de ce fourvoiement, même s'il y était mis fin demain, seraient leguées comme un heritage empoisonné à la société liberée; non seulement sous forme de déchets, mais aussi et surtout d'une organisation matérielle de la production à transformer de fond en comble pour la mettre au service d'une activité libre. Nous nous serions bien passés de tels problèmes, mais puisqu'ils sont là, nous considérons que la prise en charge collective de leur déperissement est la seule perspective de renouer avec la véritable aventure humaine, avec l'histoire comme émancipation.
Cette aventure recommence dès que des individus trouvent dans la lutte les formes d'une communauté pratique pour mener plus loin les conséquences de leur refus initial et développer la critique des conditions imposées. La verité d'une telle communauté, c'est qu'elle constitue une unité "plus intelligente que tous ses membres". Le signe de son échec, c'est sa régression vers une espèce de néo-famille, c'est à dire une unité moins intelligente que chacun de ses membres. Une longue période de réaction sociale a pour conséquence, avec l'isolement et le désarroi, d'amener les individus, quand ils tentent de reconstruire un terrain pratique commun, à craindre par dessus-tout les divisions et les conflits. Pourtant c'est justement quand on est très minoritaire et qu'on a besoin d'alliés qu'il convient de formuler une base d'accord d'autant plus précise, à partir de laquelle contracter des alliances et boycotter tout ce qui doit l'être.
Avant tout, pour délimiter positivement le terrain des collaborations et des alliances, il faut disposer de critères qui ne soient pas moraux (sur les intentions affichées, la bonne volonté supposée, etc.) mais précisement pratiques et historiques. (Une rêgle d'or: ne pas juger les hommes sur leurs opinions, mais sur ce que leurs opinions font d'eux.) Nous pensons avoir fourni ici quelques éléments utiles à la définition de tels critères. Pour les préciser mieux, et tracer une ligne de démarcation en deça de laquelle organiser efficacement la solidarité, il faudra des discussions fondées sur l'analyse des conditions concrètes dans lesquelles chacun se trouve place, et sur la critique des tentatives d'intervention, à commencer par celle que constitue la présente contribution.
La critique sociale, l'activité qui la développe et la communique, n'a jamais été le lieu de la tranquilité. Mais comme aujourd'hui ce lieu de la tranquilité n'existe plus nulle part (l'universelle déchetterie a atteint les sommets de l'Himalaya), les individus dépossédés n'ont pas à choisir entre la tranquilité et les troubles d'un âpre combat, mais entre des troubles et des combats d'autant plus effrayants qu'ils sont menés par d'autres à leur seul profit, et ceux qu'ils peuvent répandre et mener eux-mêmes pour leur propre compte. Le mouvement contre les nuisances triomphera comme mouvement d'émancipation anti-économique et anti-étatique, ou ne triomphera pas.
Juin 1990

vendredi 27 mai 2011

LECTURES 80

Sur le « silence assourdissant » de cette petite bourgeoisie intellectuelle dans les années 80, du temps où le PS menait la politique reagano-thatcherienne en France », Jean-Pierre Garnier a écrit sur le sujet avec Louis Janover deux bouquins: « La deuxième droite » (Robert Laffont) et « La pensée aveugle » (Spengler). Si vous pouvez vous les procurer... Il en ressort que ce qu’on appelle les « intellectuels » ont non seulement massivement gardé le silence face à l’alignement des gouvernants « degôche » sur les « critères de convergence » édictés par le FMI, la Banque mondiale, l’OMC et l’eurocratie, et la politique de régression sociale qui en découlait, mais, en ce que concerne nombre d’entre eux, des « nouveaux philosophes » aux têtes pensantes de la revue esprit, célébré ce tournant « réaliste » qui rompait avec les « vieux schémas révolutionnaires ». Il faut savoir que les intellos fonctionnent comme une caste qui se considère détentrice du monopole de l’intelligibilité du monde. Étant donné qu’une appropriation collective du savoir et de la capacité à réfléchir ferait d’eux des prolétaires, certes émancipés mais cependant comme les autres, il va falloir leur montrer la voie: la sortie ou la ré-forme.

mercredi 25 mai 2011

SITUATION DE TRANSHUMANCE (lecture d'actualité)

« Pour que ‘mai 68’ puisse devenir ce mythe fondateur de notre modernité politique (mythe dont toute critique est sacrilège), il a bien évidemment fallu en gommer les aspects effectivement anticapitalistes (grèves ouvrières, redécouverte d’identités régionales et populaires refoulées, accès à la parole de groupes sociaux qui avaient jusque-là été tenus à distance par les maîtres de la société, expérimentations de formes de vie en rupture avec les contraintes habituelles de la consommation, etc.). Chacun peut constater, d’ailleurs, que si le système a immédiatement valorisé l’ »imagination au pouvoir » des contestataires (imagination qui allait, comme on le sait, faire très vite ses preuves dans la publicité, le showbiz et la communication), la figure de 68 la plus efficacement ridiculisée par les médias officielles fut assez rapidement celle du « baba cool », parti élever ses chèvres en Lozère et dont l’apport à la croissance du Capital était, de ce fait, beaucoup trop limité pour lui valoir les honneurs de la gauche. »
Jean-Claude Michéa, Orwell anarchiste tory, climats, Flammarion, 2008, p 139-141

lundi 23 mai 2011

Henri LABORIT, Mon Oncle d'Amérique





Henri Laborit dans le film Mon oncle d’Amérique par Alain Resnais :

Ainsi nos trois cerveaux sont là. Les deux premiers fonctionnent de façon inconsciente. Nous ne savons pas ce qu’ils nous font faire : pulsions, automatismes culturels. Et le troisième nous fournit un langage explicatif qui donne toujours une excuse, un alibi, au fonctionnement inconscient des deux premiers.

(…)
Le fonctionnement de notre système nerveux commence à peine à être compris. Il y a une vingtaine ou une trentaine d’années que nous sommes capables de comprendre comment, à partir des molécules chimiques qui le constituent, qui en forment la base, s’établissent les voies nerveuses qui vont être codées, imprégnées par l’apprentissage culturel. Et tout cela dans un mécanisme inconscient. C’est-à-dire que nos pulsions et nos automatismes culturels seront masqués par un langage, par un discours logique.

(…)
Le langage ne contribue ainsi qu’à cacher la cause des dominances, les mécanismes d’établissement de ces dominances et à faire croire à un individu qu’en œuvrant pour l’ensemble social, il réalise son propre plaisir alors qu’il ne fait, en général, que maintenir des situations hiérarchiques qui se cachent sous des alibis langagiers, des alibis fournis par le langage, qui lui servent en quelque sorte d’excuses.
(…)
L’inconscient constitue un instrument redoutable non pas tellement par son contenu refoulé, refoulé parce que trop douloureux à exprimer, car il serait « puni » par la socioculture, mais, par tout ce qui est, au contraire, autorisé et quelquefois même « récompensé » par cette socioculture, et qui a été placé dans son cerveau depuis sa naissance. Il n’a pas conscience que c’est là, et pourtant c’est ce qui guide ses actes. C’est cet inconscient-là, qui n’est pas l’inconscient freudien, qui est le plus dangereux. En effet, ce qu’on appelle la personnalité d’un homme, d’un individu, se bâtit sur un bric-à-brac de jugement de valeurs, de préjugés, de lieux communs qu’il traîne et qui, à mesure que son âge avance, deviennent de plus en plus rigide et qui sont de moins en moins remis en question. Et quand une seule pierre de cet édifice est enlevée tout l’édifice s’écroule. Il découvre l’angoisse. Et cette angoisse ne reculera ni devant le meurtre pour l’individu, ni devant le génocide ou la guerre pour les groupes sociaux pour s’exprimer.

On commence à comprendre par quel mécanisme, pourquoi et comment, à travers l’histoire et dans le présent se sont établi des échelles hiérarchiques de dominance. Pour aller sur la lune, on a besoin de connaître les lois de la gravitation. Quand on connaît ces lois de la gravitation, ça ne veut pas dire qu’on se libère de la gravitation. Ça veut dire qu’on les utilise pour faire autre chose. Tant que l’on n’aura pas diffusé très largement à travers les hommes de cette planète la façon dont fonctionne leur cerveau, la façon dont ils l’utilisent, tant qu’on n’aura pas dit que, jusqu’ici, ça a toujours été pour dominer l’autre, il y a peu de chances qu’il y ait quelque chose qui change.

mardi 10 mai 2011

Années 1980 : les fossoyeurs du nouveau monde / Entretien avec François Cusset

La version originelle de cet entretien est paru dans le numéro 2 de la version papier d’Article11.
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Ils ont tout enterré – l’utopie, la pensée critique, la contestation, Marx, le communisme et même l’histoire. Notre monde est devenu champ de ruines, quand le leur portait beau et s’affichait avec morgue, certain de la supériorité de ses mots d’ordre : soumission au marché, modernisation technocratique, esprit d’entreprise et argent-roi. Un vrai rouleau-compresseur, lancé au mitan des années 1970, avec les autoproclamés « nouveaux philosophes » et leur dénonciation du totalitarisme, et méthodiquement conduit au long des années 1980. Rien d’autre que la pensée unique capitaliste et de sombres perspectives néo-libérales, comme si une Margaret Thatcher sous cocaïne avait pris le contrôle de toute la partie occidentale du globe. Peu ou prou : l’enfer.

Pour conter leur victoire, un livre – foisonnant et passionnant. L’ouvrage se nomme La Décennie [1], le sous-titre donnant le ton : Le Grand Cauchemar des années 1980. L’historien des idées François Cusset [2] y dresse le tableau, presque effrayant, de ces années de vide et de trop-plein : élimination pure et simple (ou peu s’en faut) de toute question sociale et abondance de discours creux – ceux des (prétendus) intellectuels et des politiques, tous convertis aux principes de la communication et de la libre-entreprise. Multipliant et croisant les références, des films aux articles de journaux, des chansons aux discours politiciens et aux spots de pub, l’auteur de La Décennie ne se contente pas de dire une époque : il documente le fonctionnement d’une véritable machine de guerre idéologique.

Aux commandes : Bernard-Henri Levy, Jacques Séguéla, André Glucksman, Jacques Attali, Alain Finkielkraut, Laurent Joffrin, Luc Ferry, Alain Minc, Pascal Bruckner, Jacques Julliard et tutti-quanti. Déjà. Il y a trente ans, ils faisaient main-basse sur la (pseudo) vie intellectuelle française ; ils en tirent encore les ficelles aujourd’hui. Il y a trois décennies, ils prêchaient la conversion aux joies du marché et accompagnaient la mise au pas néo-libérale ; ils ne s’en sont toujours pas lassés. C’est là aussi que l’ouvrage s’avère essentiel : en faisant vivre ce passé proche, c’est le présent – le nôtre et le leur – qu’il éclaire. En donnant des clés de compréhension d’un monde que nous subissons toujours, c’est la possibilité d’un contre-basculement idéologique qu’il renseigne. François Cusset en parle ci-dessous, conversation libre, permanents aller-retours entre les années 1980 et aujourd’hui.

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La Décennie a ceci de précieux qu’il ne se contente pas de décrire le basculement idéologique des années 80, il lui donne réellement corps...

Pour rendre vivant ce livre contre-idéologique, j’ai eu recours à toute une chair d’actualité et d’événements – disons : le corps et l’esprit du temps. J’ai même davantage pris plaisir à décrire une époque qu’à dénoncer des idéologues que nous sommes si nombreux à fustiger.
Là est le paradoxe du livre : il mêle une ligne politique, de déchiffrage idéologique, et une ligne subjective - ce désir de saisir l’esprit délétère qui fut celui de ma jeunesse. L’écrire a d’ailleurs eu un effet d’auto-analyse : j’ai compris le désarroi complet dans lequel ma génération se trouvait. Nous étions alors confrontés à une sorte d’obligation d’aller dans le sens du vent et du fatalisme économique ; cela ne nous excitait pas, mais rien d’autre ne nous était proposé.

Pour mener à bien cet ouvrage, les sources se sont révélées essentielles. Il en est une que j’ai épuisée de A à Z : Le Nouvel Observateur, magazine centre-gauche de l’élite – là où toutes les voix influentes de « gauche », politiques mais aussi culturelles et artistiques, s’exprimaient toutes les semaines. Je l’ai lu ainsi, comme la tribune de l’élite. Et il a – pour la petite histoire - été à l’origine d’une vraie fierté personnelle : après la publication de La Décennie, j’ai reçu une lettre d’insultes de son ancien patron, Laurent Joffrin, furieux de m’avoir ouvert les portes de l’Obs pour que j’en tire un portrait si peu flatteur...



 [3]
J’ai aussi épluché Libération, son évolution – du journal prolétaire et en guerre des années 70 jusqu’au journal libéral-branché des années 1980 – étant symptomatique de l’époque. Et Globe, Actuel, les médias audiovisuels, etc.. J’ai enfin lu beaucoup d’essais parus à ce moment-là, parce qu’ils sont l’un des véhicules idéologiques de l’époque. Le décollage de l’essai comme genre best-seller remonte en effet aux années 1980, avec de premiers tirages à plus de 100 000 exemplaires – pour les BHL et assimilés.

Au final, tu dresses un tableau presque effrayant de cette décennie...

On oublie ce que c’était. À l’échelle mondiale, les années 1980 correspondent à une nouvelle phase du capitalisme : il s’étend à des zones ou des sphères qui n’étaient pas encore colonisées – parce qu’elles n’avaient alors pas besoin de l’être et que le capitalisme était organisé différemment. Il s’attaque alors à la vie privée, au corps, à l’intimité, etc...

La question du rapport au corps, par exemple, est essentielle pour comprendre la décennie. Si on ne saisit pas qu’il y a une excitation corporelle, sportive, athlétique et aventurière qui est promue avec l’esprit d’entreprise, une dimension de fun, plus ou moins surjouée, on fait l’impasse sur l’esprit du temps. Parce qu’on en reste – finalement – à une analyse idéologique. C’était le souci d’un Jean-François Lyotard : « Tous les intellectuels de gauche aux mains propres n’ont jamais compris qu’on pouvait jouir en buvant le foutre du capital. » Cette dimension de jouissance est primordiale pour comprendre toute l’ambiguïté des années 1980.

Car il y a bien ambiguïté ! Du point de vue superficiel des excitations et des palpitations, du corps et des sensations, le capitalisme alors déchaîné est plus fun que toutes les expériences contestataires. Le problème est là : cet agencement jouissif fonctionne, agissant comme un ressort tendu vers l’individualisme à tout crin. On présente aujourd’hui ce dernier comme une façon de diviser la société, de tuer toute forme de collectif ; je crois plutôt qu’il est un conte de fée, une promesse d’aventure faite à chaque petite existence. Chacun aurait ainsi en soi un potentiel infini d’histoires et de scénarios.
Le capitalisme fonctionne sur cette promesse faite aux « perdants » qu’ils ont une chance d’atteindre la félicité de ceux qu’ils scrutent dans les médias. Ils devraient détester ces gens qui leur volent tout ; au contraire, ils les aiment, les désirent et les envient. Parce que – justement – il y a du corps, de la jouissance, toute une aisance. L’autre, celui d’en face, n’est pas seulement l’ennemi social, il est aussi un corps dans lequel on se projette.

C’est lourd de conséquences, la multitude non embourgeoisée s’en trouve complètement clivée. D’un côté, les gens sont certains qu’une injustice irréversible est la cause de leur existence quotidienne ; de l’autre, ils s’identifient au corps du gagnant, espérant qu’un jour il soit le leur. Ce clivage démobilise.
Tout l’esprit des années 1980 tient dans cette promesse qu’il ne faut pas de compétences particulières pour réussir, mais juste un mélange de chance, de niaque et d’avantages liés à l’époque – ce n’est donc pas une question de prédestination sociale. C’est accessible à tout le monde : voilà ce que prétend le néo-libéralisme en agitant ce vieux mensonge de la démocratie entrepreneuriale. Faire de quelqu’un d’aussi gouailleur que Tapie le héros des années 1980 est une façon d’affirmer que le grand patron n’est plus un énarque méprisant né avec une cuillère en or. Qu’on peut tous l’être.



Jusqu’à la caricature... Les formules de ces hérauts de l’esprit de compétition – Tapie, par exemple, avec son « Gagner, vivre, c’est bouger » – sont si excessives qu’elles en deviennent ridicules...

En rédigeant l’ouvrage, je me suis demandé si ces gens se rendaient compte qu’ils étaient si caricaturaux. J’ai compris ensuite que toute époque de renouvellement offensif d’une idéologie est forcément décomplexée. Il s’agit de tout essayer, de faire passer des dogmes sous des formes excessives avant de les émousser, pour aboutir finalement à un discours politiquement correct. Le langage des élites est beaucoup plus décomplexé et spectaculaire dans les années 1980 ; elles mettent par la suite un peu d’eau dans leur vin en s’excusant pour les fameux « excès » du capitalisme.

Il s’opère donc un léger retournement discursif au début des années 1990. Mais celui-ci n’est que rhétorique : le capitalisme intègre la peur de la mondialisation et de ses excès sans remettre en cause son principe idéologique. La meilleure illustration en est la campagne électorale de Chirac autour de « la fracture sociale ». Dans sa bouche, une telle formule – récupérée d’une note de la Fondation Saint-Simon [4] et qui résume parfaitement quinze ans d’évolution française – est bien sûr une immense arnaque. Elle permet pourtant de prolonger pendant deux mandats l’aventure des années 1980.

Prolonger ? Cette décennie ne se limite donc pas aux années 1980 ?

Elle dure en fait presque vingt ans. Elle prend racine dans un basculement qui a lieu en France au mitan des années 1970, lié à un reflux rapide de l’excitation et des effectifs gauchistes, ainsi qu’à l’arrivée de la crise. La naissance du mouvement dit anti-totalitaire, opération stratégique et médiatique conduite par BHL et Glucksmann, l’incarne parfaitement : tout se passe comme si la France découvrait l’existence du goulag... Ce mouvement met en réalité une pression énorme sur ceux qui tentent de rester fidèles aux idéaux de 68.
À l’autre bout, on peut étendre cette décennie jusqu’au mitan des années 1990, nombre de pistes tracées dans les années 1980 se prolongeant ensuite. Si la fin du deuxième mandat de Mitterrand représente une évidente césure, c’est surtout le mouvement social de 95 qui marque un coup d’arrêt.

C’est un coup d’arrêt symbolique...

Mais essentiel, car il enraye la culpabilisation de quiconque se mobilise. Pendant quinze ans, sous la décennie, toute forme de résistance collective est frappée d’interdit. Diabolisée comme ayant partie liée avec le communisme réel et l’horreur soviétique. Ou présentée comme ringarde et rabat-joie face l’omniprésence de la jouissance télévisuelle et entrepreneuriale.



 [5]
C’est cette culpabilisation qui est interrompue par le mouvement de 1995. Par son euphorie. Et par le renouvellement des formes de la lutte sociale et de leur contenu d’identification. Je pense ici à l’essor des mouvementismes, lié à des politiques identitaires et contre-identitaires, ainsi qu’au thème radicalement nouveau pour l’extrême-gauche française de la minorité – avec cette idée qu’il est du ressort d’une minorité de résister à l’ordre dominant. C’est d’autant plus important que le communisme a longtemps été une machine à émousser les différences, se montrant aussi aveugle aux particularités que la doctrine républicaine française.

En 1995, ces mouvementismes émergent à la place d’organisations déficientes et inventent des formes politiques nouvelles, liées à la vie quotidienne et à des aspects longtemps jugés non-politiques – le culturel, l’artistique ou le chômage. L’enjeu de la lutte sociale n’est plus seulement la défense du travail, que ce soit par les travailleurs ou par des chômeurs censés retrouver un travail, mais du chômage en tant que situation de vie. Tout cela est assez neuf en France et justifie la césure. Même si, sur le fond, rien n’est interrompu.

Cette décennie est toujours la nôtre, en fait...

Il faut revenir ici à Michel Foucault qui, dans Naissance de la biopolitique, prévient que le libéralisme et le néolibéralisme ne sont pas seulement définis en négatif, avec des formes minimales de gouvernement pour laisser jouer les forces du marché, mais aussi en positif, comme une nouvelle façon de produire la vie, d’instituer des normes, de faire jouir. Le régime néolibéral prend en charge la vie, et t’incite sans cesse à t’épanouir, te « réaliser »... Si c’est ainsi qu’on définit le néo-libéralisme, il émerge bien en Occident à ce moment-là, lié au rejet des vieux carcans dans les années 1960 et 1970, et il mène toujours le jeu aujourd’hui.

Mais à une telle position, il faut ajouter deux changements d’ampleur par rapport à l’élan initial. D’abord, les bouleversements technologiques de la fin du XXe siècle – notamment l’apparition d’Internet, qui accélère ce mouvement en individualisant et virtualisant tout, mais fournit aussi un espace public alternatif nouveau. Et ensuite, le fait que l’actuelle conception dominante du monde et le système l’accompagnant ne sont pas strictement néolibéraux : ils constituent en réalité un attelage étrange entre néolibéralisme et néoconservatisme, ou conservatisme sécuritaire [6]. Je dis « étrange » parce qu’on oublie – ça paraît tellement naturel depuis le 11 septembre... – que ces deux mouvements idéologiques ne sont a priori pas convergents. D’un côté, il y a le libertaire-libéralisme du grand laisser-faire et des formes de vie à réinventer du moment que le marché organise tout. Et de l’autre s’impose un discours civilisationnel agressif, militariste et interventionniste, axé sur des valeurs religieuses et morales.

Depuis dix ans, ces deux courants font cause commune. Certains événements montés en neige, comme le 11 septembre, justifient cette articulation. Mais il ne faut jamais oublier que la faiblesse du système dominant est là. Que sa fragilité réside dans ces deux dimensions susceptibles d’entrer en conflit.

Cette fragilité ne se manifeste pourtant en aucune façon...

Cela n’obère pas sa réalité. Je crois que la coexistence de ces deux courants relève d’un cynisme suprême, comme une entente entre l’avant et l’arrière-scène. L’ode aux valeurs – retour aux racines, à l’identité, à l’Europe ou à l’Amérique chrétiennes – serait un divertissement spectaculaire : les élites la voient comme un spectacle donné à l’avant-scène et permettant de préserver, en coulisses, l’accord sur l’essentiel. C’est-à-dire sur le néo-libéralisme et ses soutiens publics, sur la préservation des intérêts des classes possédantes.

Êtes-vous islamophobes ou islamophiles ? : les gens se déchirent sur ce type de question. Ce débat de valeurs arrange cyniquement les élites, qui savent que le fond est ailleurs. Rappelons que l’Islam c’est à la fois Al-Qaida et Dubaï – soit l’intégrisme d’une infime minorité, et une tentative majoritaire de concilier religion d’État et développement économique postmoderne accéléré. Rappelons aussi qu’il vaut mieux, pour ces élites occidentales, un Iran sous la coupe des mollahs, menaçant Israël et l’Amérique de façon purement théorique, qu’un Iran communiste ou tiers-mondiste.

Pour revenir à cet étrange attelage... il faudrait peut-être parler de biopolitique sécuritaire pour décrire cette production de normes de défense de la vie, autour des logiques de criminalisation du risque, de principe de précaution et de production médiatique de la peur à l’échelle mondiale. Mais le néolibéralisme c’est aussi l’économie de marché, la formule ne suffit donc pas...

Ne pourrait-on pas résumer tout cela par les termes « société de contrôle » ?

Dans un texte célèbre, Post-scriptum sur les sociétés de contrôle, Gilles Deleuze énonce que l’époque est dominée par un paradigme nouveau : le contrôle a remplacé la discipline – qui est contrainte imposée au corps, obligation physique. Les sociétés modernes s’appuieraient ainsi sur la diffusion sans fin d’un principe souple de contrôle, opérant notamment par délégation à de nouvelles fonctions. Pôle Emploi est une parfaite illustration de ces nouvelles instances de contrôle : ses employés ne sont plus là pour fournir une aide financière ou des conseils, mais pour contrôler l’existence sociale et privée des chômeurs. Et pour s’assurer qu’être au chômage ne soit pas différent d’être au travail.



S’y ajoute l’endo-flicage, tant les individus ont intégré la nécessité du contrôle. Nous l’éprouvons tous, qu’il s’agisse de nos peurs sur la santé, le réchauffement climatique, les catastrophes naturelles... Il s’agit en fait d’une nouvelle obligation faite à chacun, et que chacun s’impose à soi-même, d’apporter sa pierre à un effort collectif de moindre risque.
Internet joue aussi son rôle dans cette logique d’auto-contrôle. Facebook, par exemple, est devenu une façon pour chacun de s’assurer qu’il a les mêmes modes d’expression et de plaisir, les mêmes soucis anodins que tous ses amis et voisins. Ce n’est pas nécessairement une homogénéisation, mais cette logique de contrôle se diffuse partout.

On se retrouve là bien loin de l’exubérance des années 1980...

Celles-ci revendiquaient en effet l’excès, jusqu’au spectaculaire, au mauvais goût, et au risque d’aller trop loin. Le principe de plaisir de l’entrepreneur, par exemple, était lié au risque vital, donc à des sports extrêmes ; c’est beaucoup moins vrai aujourd’hui. Je pense que l’équivalent – l’équivalent structural, dirait Bourdieu – du saut à l’élastique ou de l’ascension de l’Anapurna dans les années 1980, en tant qu’idéal du cadre performant, serait aujourd’hui le Club Med Gym... C’est là un moyen sans danger de renforcer chaque jour, petit à petit, ses défenses. Le néolibéralisme exige désormais que chacun resserre les boulons et ne gâche pas ses chances.

Les années paillettes et les émissions en prime-time sur l’entreprise réjouie ne pouvaient durer indéfiniment. Il y a une maturation de cet amalgame idéologique, qui apprend à se contrôler après s’être déchaîné. Joue aussi un effet de génération : dans les années 1980, ce composé-là est défendu par des gens qui ont la quarantaine, et passent ensuite le relais à la génération suivante, qu’ils ont matraquée idéologiquement, à qui ils ont répété sur tous les tons : «  Les jeunes, vous n’y pensez pas, ne prenez pas la rue. Les barricades, c’est fini, on les a terminées pour vous. Suivez plutôt la révolution médiatique, technologique, etc... » Une fois le relais transmis s’impose un côté plus posé, moins lié au retournement de veste et moins prosélyte.

Cette nouvelle génération s’identifie parfaitement à son époque ?

Disons qu’elle baigne dedans, dans sa réalité et dans ses mythes. Il faut d’ailleurs le souligner : la question de la production de récits est cruciale à l’âge néolibéral. Il n’y a plus de grands récits idéologiques ou utopiques, et il faut donc que le petit récit individuel – auquel on est condamné, puisque seuls subsistent des formes d’épanouissement et de réalisation individuelles – devienne fabuleux. Par l’horreur, à la American Psycho [7]. Par la métamorphose de l’entrepreneur égoïste en philanthrope mondialisé, façon Georges Soros ou Bill Gates. Ou par la figure de la minorité vengeant les siens par sa réussite – la femme, l’immigré ou le musulman.

Pour que l’idéologie néolibérale fonctionne, il faut qu’elle se connecte sur une dimension fabuleuse, sur tout un storytelling. Elle le fait très bien : en trente ans, la capacité à produire des histoires convaincantes, permettant aux gens de s’identifier à un collectif, passe ainsi de la gauche à la droite. C’est très marquant. Auparavant, la droite ne proposait qu’un système de valeurs, sans dimension narrative, quand la gauche constituait un grand réservoir utopique d’histoires possibles ; c’est désormais l’inverse : la gauche défend certaines valeurs mais ne parvient pas à les mettre en histoires aussi bien que la droite.

Les conditions de production des histoires sont bouleversées par l’individualisme forcené et l’effritement des structures collectives, ainsi que par la culpabilisation – tout emploi du futur ou du conditionnel, proche de l’utopie, étant jugé suspect... La seule expérience de gauche ayant renouvelé ce réservoir narratif se situe en Amérique du Sud. Ce qui s’y passe aujourd’hui est essentiel : à l’échelle d’un continent et avec un vrai dynamisme d’ensemble, l’indigénisme et le communisme, deux sources de la gauche s’étant souvent combattues, se rencontrent. Il y a dans ces régions une réelle vitalité des luttes et des récits de luttes. L’accession d’Evo Morales à la présidence bolivienne, qui débute par des rébellions de villages contre la privatisation de l’eau [8], est ici exemplaire : il n’y a là rien d’idéologique, juste du narratif.

Chez nous, la question du logement et de la ghettoïsation, très concrète, pourrait constituer une semblable source d’histoires ; ce n’est pas le cas, à cause d’une évidente déconnexion entre les producteurs de discours à gauche et les victimes de la guerre sociale. Cette rupture a été inaugurée triomphalement par les socialistes et leur folie technocratique, au début des années 1980.



Cette rupture est revendiquée. Dans le livre, tu reviens par exemple sur la célébration du bicentenaire de la Révolution française, aussi démesurée que mensongère...

C’est vrai que la célébration du bicentenaire est confiée au publicitaire Jean-Paul Goude : il conçoit un gigantesque défilé de l’histoire française en technicolor, conçu comme un spot publicitaire. Non seulement la Révolution française est terminée, comme les historiens conservateurs le martèlent en présentant le social et la lutte comme une longue parenthèse à refermer. Mais elle est en plus célébrée comme un souvenir publicitaire, avec strass, paillettes et ambiance néo-pop...

On ne peut – pourtant - réduire la question à cet exemple. Un des premiers symptômes du basculement idéologique et du retour à l’ordre moral de la contre-révolution n’est pas de gommer l’histoire, mais d’y revenir. C’est le retour de l’histoire officielle, l’histoire obscène. Celle des vainqueurs.


Notes
[1] Publié à La Découverte (2006).



[2] Par ailleurs, auteur de Queer critics : La littérature française déshabillée par ses homo-lecteurs (PUF, 2002) et de French Theory, Foucault, Derrida, Deleuze & Cie et les mutations de la vie intellectuelle aux États-Unis (La Découverte, 2003).

[3] Couverture d’un numéro de Libération resté (tristement) célèbre. Publié en février 1984 et en complément d’une émission télé du même nom (présentée par Yves Montand, un extrait est consultable ICI), le numéro actait à gauche le tournant de la rigueur décidé par Mitterrand. L’inénarrable Laurent Joffrin y écrivait notamment (cité par Acrimed) : «  Comme ces vieilles forteresses reléguées dans un rôle secondaire par l’évolution de l’art militaire, la masse grisâtre de l’Etat français ressemble de plus en plus à un château fort inutile. La vie est ailleurs : elle sourd de la crise par l’entreprise, par l’initiative, par la communication. »

[4] Cette note a été rédigée par Emmanuel Todd.

[5] Le 12 décembre 1995, Pierre Bourdieu rejoignait les cheminots grévistes de la Gare de Lyon pour leur dire son soutien. Le texte de sa prise de parole est à lire ICI, sur le site de L’homme Moderne.

[6] françois Cusset fait ici explicitement référence à l’ouvrage de Wendy Brown, Les Habits neuf de la politique mondiale. Néolibéralisme et néoconservatisme (Les Prairies Ordinaires, 2007).

[7] American Psycho, roman mythique de l’auteur américain Bret Easton Ellis, met en scène un riche trader plongeant peu à peu dans la folie meurtrière. Article11 en parlait ici.

[8] Il s’agit de la guerre de l’Eau, soit quatre mois (de janvier à avril 2000) de lutte des habitants de Cochabamba pour faire échec à la privatisation du système municipal de gestion de l’eau.

source : ARTICLE 11